viernes, diciembre 10, 2004

Aterriza como puedas II

"Los que viajan en avión son los que mueven el mundo"... JA!

"L@s que viajan en avion no mueven nada, están demasiado ocupad@s despreciando al prójimo", digo yo acusadoramente.

Son una raza particular, mayoritariamente varones de raza blanca, embutidos en trajes más o menos "a medida" pero siempre con un porte altivo y, a menudo, despreciable para con l@s otr@s. Se les reconoce fácilmente, además de por su altivez, por querer siempre embarcar "equipajes de mano" que no se llevan con una sola mano y con los que luego atestan los maleteros impiediendo que l@s portadores/as de los verdaderos "equipajes de mano" no encontremos otro lugar que el mínimo espacio restante entre nuestras dos piernas.
Es precisamente por este motivo que diez minutos antes de la hora prevista para embarcar empiezan a generar colas kilométricas aún teniendo un asiento previamente reservado. Si no lo hicieran, correrían el riesgo de tener que encajar entre sus piernas esos enormes bultos que cuelan a bordo como si de un bolso se tratara.

Son también los que, pese a "mover el mundo", no dudan en gorrear todo lo que el personal de a bordo les pone ante sus garras, desde bombones hasta caramelos, lo que sea.

Son l@s que, al aterrizar, hacen caso omiso de las insistentes peticiones del personal de vuelo de "permanecer sentados hasta que el avión se haya detenido completamente" y se levantan en cuanto detectan que el avión se empieza a parar. Evidentemente, necesitan tiempo extra para extirpar del fondo de los maleteros sus cuerpos del delito y, como no, para conectar sus móviles, no vaya a ser que durante los 45 minutos de vuelo se haya producido una incidencia que les hiciera perder el control sobre su empresa. Pues sí, incluso estando la lucecita de "abrocharse el cinturón", ell@s se levantan impunemente. Y entonces, cuando ya han desembuchado los maleteros, tienen que esperarse durante unos cuantos minutos de pie hasta que el avión se ha detenido realmente.

Personalmente, creo que todavía no soy un@ de ell@s, pero cuando lo sea, por favor, díganmelo. Yo, simplemente les empaquetaré en una "bolsa de mano".

Compañer@s de la órden para un Mundo Mejor, os invito, a partir de ahora, a tomar algunas medidas para contrarestar los efectos de tan absurdo credo. Propongo, como medida inicial, comportarnos como niños acusicas en cuanto veamos en un maletero del avión una "bolsa de mano" que exceda claramente las medidas. Pero al dirigirnos a la azafata más cercana no reclamemos por el tamaño inusitado de la maleta en cuestión. Simplemente pongamos cara de grito de Münch, y así, con las manos estrechando nuestras mejillas gritemos con voz temblorosa "un cadáver, ¡¡¡han embarcado un cadáver en un Trolley!!!". Imagino que así será suficiente para llamar la atención y que, además, el interfecto no tendrá narices de meterse con alguien con un comporamiento tan freak.

Aterriza como puedas

"Los que viajan en avión son los que mueven el mundo", decía provocadoramente una insigne profesora de la facultad de História de Barcelona. Nosotr@s, sus alumn@s, un@s pardill@s idealistas dispuest@s a luchar por cualquier causa, nos rebelamos, tal como intuyo que ella esperaba, contra la idea de que el clasismo que atenaza nuestra sociedad también se explayaba a sus anchas en los medios de transporte.

El pasar de los años me ha llevado a tener que viajar constantemente en avión y es ahora cuando, con perspectiva, puedo opinar con más conocimiento de causa sobre dicha cuestión.
"Los que viajamos en avion no movemos nada excepto nuestros codiciosos traseros de una ciudad a otra", digo yo en tono desafiante. Como digo, no movemos el mundo; pero algun@s si se lo creen.

Creen que mueven el mundo y quieren que l@s demás lo sepamos. Usted podrá reconocerlos a bordo del avión porqué son l@s que no atienden a las gestuales explicaciones de seguridad de l@s azafat@s, haciendo expreso ademán de leer un periódico o la más reciente novela de ficción empresarial.

Personalmente, creo que todavía no soy un@ de ell@s, pero cuando lo sea, por favor, díganmelo. Yo, simplemente les ignoraré.

Compañer@s de la órden para un Mundo Mejor, cada vez que cojais un avión, os invito a contrarrestar los efectos de aquell@s que desatienden las instrucciones de seguridad haciendo lo siguiente. Propongo que empecemos a repetir mímicamente los gestos de l@s azafat@s, como si de una coreografía se tratase, agitando los brazos y mirando lascivamente las salidas de emergencia, amanerando explícitamente nuestro grácil gesticular. Imagino que, de esta manera, en cuanto esta medida se haya extendido lo suficiente y la mayoría de l@s pasajer@s realice la "danza de la seguridad", el interfecto acabará sincronizándose inconscientemente y, al menos, en caso de accidente su instinto impedirá que nos mate a tod@s.

sábado, septiembre 25, 2004

Presunto inocente

Nos encontramos en la cola del "súper" después de haber dado rienda suelta a nuestros instintos consumistas pero justo antes de sentirnos culpables al ver el montante de nuestra compra. Siendo como es hora punta, las colas se multiplican a la voz de la famosa frase "pasen por esta caja guardando el órden" que la simpática cajera escupe por entre los labios manchados de chicle.

Y es entonces cuando nos damos cuenta. Justo a nuestra altura pero en la cola de al lado, una mujer misteriosa nos observa, nos espía. Es una de esas amas de casa cincuentonas que tan sufridamente aceptan el papel para el que la sociedad de su tiempo las contrató. No hay nada de malo en ella; nada excepto que está sometiendo a un severo escrutinio nuestra compra.

Sus ojos la delatan, no es una mirada perdida; es tremendamente fija y tiene esa ligera contracción que denota juicio severo. Con un sentido de la culpabilidad que Joseph K no lograría superar ni en una secuela hollywoodiense, procedemos a asegurarnos de que nuestra compra no es embarazosa...pero si que lo es.

En nuestro renqueante carrito se amontona las patatas fritas, los bizcochos, las cervezas, los refrescos, los helados y multitud de sobres de comida precocinada. No hay ni verduras ni comida sana ni nada que, en general, pudiera otorgarnos el beneficio de la duda.
Y no, definitivamente no; por mucho que nos esforcemos, nuestra impostada expresión de despreocupación no será interpretada como un "es que la comida sana la compro en otro lado". Somos culpables y ella lo sabe. Y por mucho que nos esforcemos en convencernos a nosotr@s mism@s que nuestra dieta no es tan despreciable como el carrito indica, nuestra querida compañera de cola (que por cierto avanza más rápido que la nuestra) ya ha sembrado en nuestro interior la semilla del desconcierto, de la desconfianza y del desasosiego más profundo.

Compañer@s de las hordas para un Mundo Mejor, unamos nuestros esfuerzos para asolar los supermercados y derivados de "escrutadores/as" sin piedad; libremos al mundo de individuos que enjuician nuestro estilo de vida con los multicolores argumentos que llenan nuestros carritos de la compra. Nuestro ataque debe ser por sorpresa, llevando siempre en nuestro carrito algún producto decididamente comprometedor como preservativos o vaselina. Antes de colocarnos en las colas, identifiquemos a l@s posibles "escrutadores/as" y depositemos acto seguido estos productos en su carrito de forma despreocupada. Así, cuando inicien su escrutinio podremos devolverles, desafiantes, una mirada hacia su propio carrito y observar, expectantes, su reacción al descubrir la inesperada carga adicional.

La última llamada

Estoy harto de ver cada vez que paso por las taquillas del metro que l@s "taquiller@s" están colgad@s del teléfono, habla que te habla.
No es que me preocupe o me ofenda el hecho de que no cuelguen mientras te atienden (parece que han desarrollado una inusual habilidad para comprender lo que quieres sin pronunciar palabra). Lo que realmente me cabrea y colma mis nervios es el pensar la tarifa telefónica del cagarse que estas cientos de llamadas simultáneas, probablemente más de mil diarias, deben generar sabiendo, por supuesto, que esa factura en forma de billete la pagamos tod@s.

Propongo que, a partir de ahora, cada vez que veamos a un@ de est@s adict@s a la comunicación en su cabina enganchad@s al aparatito de marras, enrojeciendo sus apéndices auditivos, les hagamos un gesto inequívoco de que deberían colgar. No hace falta enfadarse, poner malas caras ni nada parecido (bastante duro es ir en metro a las 8 de la mañana como para buscarse jaleos con la autoridad). Un único y simple aunque preciso y elocuente gesto, con tan sólo los dedos meñique y pulgar desplegados, les revelaran que los ejércitos para un Mundo Mejor estamos al acecho.